image
HOME ABOUT US PROGRAMS DELEGATIONS & TOURS REFLECTIONS DONATE
image

Romero Reflections 

25th anniversary of Archbishop Oscar Romero's letter to President Jimmy Carter

Archbishop Romero's Words Regarding Violence

Romero's Call for Prophets

Archbishop Romero Anniversary

From Fear to Hope by Monsignor Gregorio Rosa Chavez

Victim and Martyr Reflections  

Remembering the Jesuit Martyrs of El Salvador 15 Years Later

The Case of the Salvadoran Generals

Reflections on the People of El Salvador 

Accompanying the Organized Youth of San Vicente

Living and Sharing with the People of El Salvador

10th Anniversary of the Peace Accords

 Welcome to El Salvador

 

Lidia, La Mujer del Maletín Negro

Fotos  por Yvonne Berardi yberardi@web.de
historia por Sandra Moreno, Periodista Salvadoreña.

"Estaré en la esquina del parque con un maletín de COACES."  Esa era la única seña para reconocer a Lidia Orellana, en la ciudad de San Vicente.

Y así fue. Ella alzó su maletín negro cuando nos vio aparecer por el parque. Delgada, pequeña de estatura pero con una desenvoltura que invita a sentir simpatía por ella. Lidia toma inmediatamente el control de la situación.

"Primero iremos a la tienda de la cooperativa y después al campo, ahí nos espera un muchacho por seguridad nos acompañará. Anda un arma, pero no se le ve", dice Lidia.

¿Hay problemas con la delincuencia?_ inquirimos.

Se han dado secuestros, asaltos. A mí me "destusaron" los ladrones un día, hasta los papeles se llevaron_ cuenta Lidia, mientras llegamos a la tienda de la cooperativa Ana Guerra de Jesús, nombre que recuerda aquella muchacha de San Vicente cuya familia pobre casó con un hombre rico. "Después de pasar ese calvario, ella ingresó a un convento y repartió sus bienes entre los pobres", señala Lidia.

En la tienda se vende el arroz, el maíz y el frijol que produce la cooperativa, entre otros productos de consumo. Se prevee que deje una ganancia de 20 mil colones, en el 2000.

Lidia nos lleva al patio interior de la tienda, en un corredor arregla unas sillas para que nos sentemos. "Aquí es la sala de reuniones", comenta la mujer que ante todo dice luchar por la integración de la mujer en la cooperativa, en la cual ya logró cambiar los estatutos que decían que si estaba el esposo no podía entonces entrar la mujer.


  La cooperativa nació con 350 socios, ahora sólo hay 42 y de éstos 11 son mujeres. "Por la guerra, muchos se fueron, a otros los persiguieron. En 1982 hubo una masacre, asesinaron a tres asociados", cuenta Lidia. "Era un delito ser asociado".

En 1963, la cooperativa obtiene su personería jurídica y, según el acta constitutiva, existe desde 1961. Los agricultores que vivían en el volcán de San Vicente la organizaron para trabajar colectivamente y vender mejor sus productos en el mercado. Todos eran de escasos recursos económicos.

En 1975, la cooperativa compra la Hacienda San Antonio Tras El Cerro, 218 manzanas de terreno en las faldas del volcán San Vicente. Esto fue posible gracias a un préstamo del Banco de Fomento Agropecuario de 500 mil colones.

Actualmente, la deuda asciende a 345 mil más los intereses. El dinero va saliendo de la venta de la producción de café y caña de la cooperativa y de las ventas en la tienda. Por otra parte, cada asociado tiene una manzana de tierra para cultivar. Lidia tiene caña. El año pasado obtuvo una ganancia de siete mil colones por su cosecha.

Pero ese es el hoy, un hoy que ha tenido su costo. Allá por 1979 Lidia apenas era joven que de noche sacaba su último año de bachillerato, en el día trabajaba sirviendo bebidas en el Círculo Democrático, ahí le tocaría tomar uno de los riesgos más grandes de su vida. Escuchó cuando unos militares estaban planeando ir a sacar en la noche a unos hombres que consideraban guerrilleros. "Son mis compañeros", pensó Lidia.

Ella se las ingenió para irles avisar. "Se salvaron, sólo uno no se fue y lo agarraron. Lo torturaron antes de matarlo, le quitaron uno a uno los dientes, las orejas, los ojos", recuerda Lidia, quien también descubrió que ser joven era un delito en aquella época.
  Desde niña Lidia había probado la dureza de la vida. Sus padres "no conocen ninguna letra" como dice la misma Lidia, y son de escasos recursos económicos.

Lidia nació en la ciudad de Berlín, en el departamento de Usulután, de ahí se la llevaría a los seis años para San Vicente, donde comenzaría a trabajar en las casas como doméstica. En la noche estudiaba.

En el Círculo Democrático llegó a ganar 400 colones al mes. "Con ese poquito ayudaba a mi familia", cuenta Lidia, quien lograría sacar su bachillerato comercial y se iría_ por trabajo y seguridad_ a la zona conocida como Parras Lempa. Era auxiliar de contabilidad, ahí conoció muchos guerrilleros. "Fue terrible, noche a noche los sacaban para matarlos. 

 
Una noche me escondí en una bodega, me salvé porque quemaron la parte administrativa. Luego me vine a  la cooperativa, llevaba la contabilidad. Toda esa experiencia de trabajo me sirve para indicar en las reuniones cuando están equivocados", comenta.

En el 1995 comenzaría una nueva etapa en la vida de Lidia. Ella acepta que fue su esposo quien la mandó a capacitarse "con Las Melidas (organización que lucha por los derechos de las mujeres salvadoreñas).

Lidia no se anda por las ramas: Hubo cosas que me gustaron y otras no. Luego entrarían en contacto con la Fundecampo y tomaría un curso de liderezas. "Era la única mujer, los hombres me hacían maleta", recuerda Lidia, quien pronto sabría cómo responderles. Sin embargo fue el momento de ser insultada:
Esta quizás es de las vendedoras de sexo, porque no se deja, dijeron los hombres.

Lidia los enfrentó: "Soy madre y por ustedes esas mujeres andan así", les espetó en la cara.
Ante el ataque, los hombres midieron sus palabras. "A la hora de la participación les ganaba", recuerda contenta Lidia.
Ella pronto ascendería a la junta de vigilancia de FEDECOOPADES, después en 1998 al consejo de la cooperativa, y por un voto no ganó la presidencia. "Una mujer no me lo dio", recuerda Lidia con amargura.

De los ocho miembros del consejo, sólo dos eran mujeres. Desde ahí Lidia quería ante todo preparar a las mujeres para que llegaran a los puestos de dirección, "siempre se quedan con los puestos más bajos", señala con disgusto. "El poder hay que saber usarlo, yo aunque me esté muriendo por dentro ante ellos no demuestro debilidad".

Lidia siempre está dispuesta a tender una mano a la compañera, "vamos a tener un taller de autoestima, ven que te va a gustar", "asociate", "habla aunque tu esposo esté en la reunión, tú también debes expresar tus ideas", "no deben sentir temor cuando toman decisiones, pero sepan votar",....

Y esto último sí preocupa a Lidia, ante la próxima asamblea de la cooperativa, donde hay un grupo que desea vender el patrimonio y dividirse. "Quieren pedaciar la tierra, no tienen visión empresarial", afirma Lidia. Por eso Lidia no pierde reunión a pesar de tener que viajar constantemente por el trabajo que hace en el Comité de Incidencia para el Desarrollo Agropecuario y Rural (CIDAR).

"Organizanos una marcha de 25 mil gentes, la mayoría éramos mujeres. Queremos que el gobierno cree un fondo especial para los productores rurales porque actualmente no tiene ninguna política que nos beneficie", dice Lidia. "El gobierno quiere que desaparezcamos, pero nos preguntamos porqué a los banqueros si les perdonó la deuda y a los del agro no".
Y agrega: Cómo íbamos a saber que con el Mitch, tormenta tropical en 1998 que destruyó los cultivos, que lo íbamos a perder todo, ¿Cómo tener dinero entonces para pagar?

Tal vez aquí retoma un lema que tiene Lidia para las mujeres: En las buenas y en las malas unidas. El cual no se cansa de repetir desde su último cargo en el comité de Educación y de Mujeres.

"Somos cuatro mujeres para educar a todos los hombres", exclama Lidia. Sin embargo, ella no le asusta la tarea, aunque sabe identificar el peligro: "somos ricos en tierra y pobres en mentalidad".


CONTACT ESPAÑOL REFLECTIONS LINKS JOBS CHAT DONATE HOME