"Estaré en la esquina del parque con un maletín de COACES."
Esa era la única seña para reconocer a Lidia
Orellana, en la ciudad de San Vicente.
Y así fue. Ella
alzó su maletín negro cuando nos vio aparecer
por el parque. Delgada, pequeña de estatura
pero con una desenvoltura que invita a sentir
simpatía por ella. Lidia toma inmediatamente
el control de la situación.
"Primero iremos
a la tienda de la cooperativa y después al campo,
ahí nos espera un muchacho por seguridad nos
acompañará. Anda un arma, pero no se le ve",
dice Lidia.
¿Hay problemas
con la delincuencia?_ inquirimos.
Se han dado secuestros, asaltos. A mí me "destusaron" los
ladrones un día, hasta los papeles se llevaron_
cuenta Lidia, mientras llegamos a la tienda
de la cooperativa Ana Guerra de Jesús, nombre
que recuerda aquella muchacha de San Vicente
cuya familia pobre casó con un hombre rico.
"Después de pasar ese calvario, ella ingresó
a un convento y repartió sus bienes entre los
pobres", señala Lidia.
En la tienda se
vende el arroz, el maíz y el frijol que produce
la cooperativa, entre otros productos de consumo.
Se prevee que deje una ganancia de 20 mil colones,
en el 2000.
Lidia nos lleva
al patio interior de la tienda, en un corredor
arregla unas sillas para que nos sentemos. "Aquí
es la sala de reuniones", comenta la mujer que
ante todo dice luchar por la integración de
la mujer en la cooperativa, en la cual ya logró
cambiar los estatutos que decían que si estaba
el esposo no podía entonces entrar la mujer.
La cooperativa
nació con 350 socios, ahora sólo hay 42 y de
éstos 11 son mujeres. "Por la guerra, muchos
se fueron, a otros los persiguieron. En 1982
hubo una masacre, asesinaron a tres asociados",
cuenta Lidia. "Era un delito ser asociado".
En 1963, la cooperativa
obtiene su personería jurídica y, según el acta
constitutiva, existe desde 1961. Los agricultores
que vivían en el volcán de San Vicente la organizaron
para trabajar colectivamente y vender mejor
sus productos en el mercado. Todos eran de escasos
recursos económicos.
En 1975, la
cooperativa compra la Hacienda San Antonio Tras
El Cerro, 218 manzanas de terreno en las faldas
del volcán San Vicente. Esto fue posible gracias
a un préstamo del Banco de Fomento Agropecuario
de 500 mil colones.
Actualmente, la
deuda asciende a 345 mil más los intereses.
El dinero va saliendo de la venta de la producción
de café y caña de la cooperativa y de las ventas
en la tienda. Por otra parte, cada asociado
tiene una manzana de tierra para cultivar. Lidia
tiene caña. El año pasado obtuvo una ganancia
de siete mil colones por su cosecha.
Pero ese es el hoy, un hoy que ha tenido su costo. Allá
por 1979 Lidia apenas era joven que de noche
sacaba su último año de bachillerato, en el
día trabajaba sirviendo bebidas en el Círculo
Democrático, ahí le tocaría tomar uno de los
riesgos más grandes de su vida. Escuchó cuando
unos militares estaban planeando ir a sacar
en la noche a unos hombres que consideraban
guerrilleros. "Son mis compañeros", pensó Lidia.
Ella se las ingenió
para irles avisar. "Se salvaron, sólo uno no
se fue y lo agarraron. Lo torturaron antes de
matarlo, le quitaron uno a uno los dientes,
las orejas, los ojos", recuerda Lidia, quien
también descubrió que ser joven era un delito
en aquella época.
Desde niña Lidia había probado la dureza
de la vida. Sus padres "no conocen ninguna letra"
como dice la misma Lidia, y son de escasos recursos
económicos.
Lidia nació en
la ciudad de Berlín, en el departamento de Usulután,
de ahí se la llevaría a los seis años para San
Vicente, donde comenzaría a trabajar en las
casas como doméstica. En la noche estudiaba.
En el Círculo
Democrático llegó a ganar 400 colones al mes.
"Con ese poquito ayudaba a mi familia", cuenta
Lidia, quien lograría sacar su bachillerato
comercial y se iría_ por trabajo y seguridad_
a la zona conocida como Parras Lempa. Era auxiliar
de contabilidad, ahí conoció muchos guerrilleros.
"Fue terrible, noche a noche los sacaban para
matarlos.
Una noche me escondí en
una bodega, me salvé porque quemaron la parte
administrativa. Luego me vine a la cooperativa,
llevaba la contabilidad. Toda esa experiencia
de trabajo me sirve para indicar en las reuniones
cuando están equivocados", comenta.
En el 1995 comenzaría
una nueva etapa en la vida de Lidia. Ella acepta
que fue su esposo quien la mandó a capacitarse
"con Las Melidas (organización que lucha por
los derechos de las mujeres salvadoreñas).
Lidia no se anda
por las ramas: Hubo cosas que me gustaron y
otras no. Luego entrarían en contacto con la
Fundecampo y tomaría un curso de liderezas.
"Era la única mujer, los hombres me hacían maleta",
recuerda Lidia, quien pronto sabría cómo responderles.
Sin embargo fue el momento de ser insultada:
Esta quizás es de las vendedoras de sexo, porque
no se deja, dijeron los hombres.
Lidia los enfrentó:
"Soy madre y por ustedes esas mujeres andan
así", les espetó en la cara.
Ante el ataque, los hombres midieron sus palabras.
"A la hora de la participación les ganaba",
recuerda contenta Lidia.
Ella pronto ascendería a la junta de vigilancia
de FEDECOOPADES, después en 1998 al consejo
de la cooperativa, y por un voto no ganó la
presidencia. "Una mujer no me lo dio", recuerda
Lidia con amargura.
De los ocho miembros
del consejo, sólo dos eran mujeres. Desde ahí
Lidia quería ante todo preparar a las mujeres
para que llegaran a los puestos de dirección,
"siempre se quedan con los puestos más bajos",
señala con disgusto. "El poder hay que saber
usarlo, yo aunque me esté muriendo por dentro
ante ellos no demuestro debilidad".
Lidia siempre
está dispuesta a tender una mano a la compañera,
"vamos a tener un taller de autoestima, ven
que te va a gustar", "asociate", "habla aunque
tu esposo esté en la reunión, tú también debes
expresar tus ideas", "no deben sentir temor
cuando toman decisiones, pero sepan votar",....
Y esto último
sí preocupa a Lidia, ante la próxima asamblea
de la cooperativa, donde hay un grupo que desea
vender el patrimonio y dividirse. "Quieren pedaciar
la tierra, no tienen visión empresarial", afirma
Lidia. Por eso Lidia no pierde reunión a pesar
de tener que viajar constantemente por el trabajo
que hace en el Comité de Incidencia para el
Desarrollo Agropecuario y Rural (CIDAR).
"Organizanos una
marcha de 25 mil gentes, la mayoría éramos mujeres.
Queremos que el gobierno cree un fondo especial
para los productores rurales porque actualmente
no tiene ninguna política que nos beneficie",
dice Lidia. "El gobierno quiere que desaparezcamos,
pero nos preguntamos porqué a los banqueros
si les perdonó la deuda y a los del agro no".
Y agrega: Cómo íbamos a saber que con el Mitch,
tormenta tropical en 1998 que destruyó los cultivos,
que lo íbamos a perder todo, ¿Cómo tener dinero
entonces para pagar?
Tal vez aquí retoma
un lema que tiene Lidia para las mujeres: En
las buenas y en las malas unidas. El cual no
se cansa de repetir desde su último cargo en
el comité de Educación y de Mujeres.
"Somos cuatro
mujeres para educar a todos los hombres", exclama
Lidia. Sin embargo, ella no le asusta la tarea,
aunque sabe identificar el peligro: "somos ricos
en tierra y pobres en mentalidad".
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